Siempre se dice que las amigas que logras en la adolescencia son las relaciones que perduran, que el verdadero sentido de la amistad es el que se vive en aquellos años. No es mi caso.
Por supuesto, con los años tenemos relaciones amigables con personas que vienen y van. En la mayoría de los casos, intrascendentes. Por alguna razón, algunos lazos no se afianzan, pero otros, realmente se hacen fuertes, sostienen la relación, y lo mejor de todo, la enriquecen.
La vida ha bifurcado el camino entre mis amigas de la adolescencia y yo. Cuando mis hijos eran pequeños, establecí vínculo con otras madres de la escuela donde asistían, y tan grande es nuestra amistad, que a pesar de que nuestros hijos han dejado de verse, nosotras seguimos siendo amigas.
Mantenemos contacto telefónico o vía mail, y nos ponemos de acuerdo al menos una vez al mes para reunirnos y conversar, pasear, reír y consolar a la que esté pasando un mal rato. Incondicionales, leales y francas, somos una versión femenina de los tres mosqueteros: todas para una, y una para todas.