Cuando tenía cuatro años, y lo recuerdo perfectamente, me encantaba que mi madre me llevara a la juguetería más cercana que teníamos en el barrio. Allí, en el aparador, sentado en una esquina, estaba Jesusín, sin duda el muñeco más bonito que había visto en mi corta vida. Lo quería a toda costa y no podía entender que los Reyes no me lo trajeran, sólo porque costara 995 pesetas.