No es necesario decirlo; a una velocidad que nos tiene despeinadas nos hemos equiparado en casi todo con los hombres. Tanto, que hemos logrado sobrecargarnos de roles y tareas por aquello de que como no existían modelos femeninos, tuvimos que adoptar los masculinos (y en el intento olvidamos dejar caer algunos de los anteriores). Hemos avanzado y pisamos fuerte. Opinamos, decidimos, elegimos. Hasta logramos hablar de la menopausia con naturalidad. De los susurros con la boca tapada por la mano que emitían las abuelas para hablar, sólo entre ellas claro, del “cambio” que alcanzaba a la tía Angélica hemos juntado coraje para pedir a los gritos, en medio de una reunión de directorio, que abran las ventanas cuando nos atacan los calores; esos mismos que nos arruinan las mejores blusas de seda y nos hacen guardar- ¿será para siempre?- los jerseys de lana y los camisones de sintético.