Eran las diez de la mañana cuando sonó mi móvil. Del otro lado, una voz querida urgía mi contención y mi presencia. Salí apresurada revoleando mi cartera por los pasillos de la oficina, al grito de “luego te cuento!” ante la pregunta de quienes me cruzaban.
Como suele suceder en estos casos, todos los semáforos se complotaron para estar en rojo, todos los inconscientes se cruzaron en el camino, y el reloj, impiadoso, seguía aceleradamente su marcha sin cesar.
Después de intentar ubicar el automóvil en dos estacionamientos que estaban completos y dar tres veces vuelta a las manzanas circundantes a mi destino, logré llegar.
Me orientaron al séptimo piso y hubiera hecho más rápido si subía por las escaleras, busqué la puerta indicada y al abrirla, mi jadeo no era el único. Mar, mi nuera, estaba en trabajo de parto.
Después de esbozar una sonrisa, tomó mi mano con fuerza y con los ojos le pregunté a mi hijo: - Por qué tan pronto? –
La beba había decidido que siete meses eran suficiente espera para conocer este mundo y estaba lista para sorprender a toda la familia.